Con su carácter documental y realista desprovisto de tensión o espectáculo, con diálogos pobres y escenas repetitivas, el espectador se pregunta el porqué de esta segunda parte… mientras se aburre y espera una épica que no llega.
En “Che: El argentino”, Steven Soderbergh se propuso poner los cimientos del héroe y el mito en un ejercicio cinematográfico que tenía mucho de apología ideológica y se servía de una narrativa hollywoodiense. La cercanía y humanidad del personaje, la espectacularidad de algunas acciones y la elocuencia de sus arengas, o el uso del flashforward introduciendo su discurso ante las Naciones Unidas… todo se ponía al servicio de una idea revolucionaria y un actor al que se le concedía todo el plano, de principio a fin. Ahora, en “Che: Guerrilla”, Soderbergh sigue los pasos de Ernesto Guevara en su empeño por extender la revolución a América Latina: ha abandonado Cuba, dejando su cargo de ministro a disposición de Fidel Castro, para desaparecer ante la opinión pública. Su objetivo es Bolivia, donde quiere repetir la aventura y levantar en armas al campesinado contra el ejército, para arrebatar así el poder al dictador René Barrientos.
En esta segunda entrega, el director opta por un estilo más cercano al documental, por seguir al guerrillero con una cámara al hombro que busca la veracidad de unas situaciones triviales y desdramatizadas. Los intentos del justiciero por formar un grupo disciplinado y honrado que asuma sus ideales, las penalidades y desalientos de los soldados tras algunas emboscadas o al ver la precaria salud del jefe… todo sucede sin vida ni intensidad alguna. Lejos queda el idealismo y la popularidad que encumbró en la pantalla al argentino, pues en la selva boliviana está siendo acorralado en una larga y agónica caza, a la que asistimos desde lejos y con poco interés. No hay espectacularidad ni gestos heroicos, sino el fracaso del hombre revolucionario al que se mitifica con unos planos finales rodados con cámara subjetiva y al ralentí. Tras dos horas de realismo cotidiano y anodino, Soderbergh cambia de registro estético y deja de mirar al Ernesto para mirar con él.
No estamos ante una película muy comercial ni entretenida: su trama es más bien tediosa y aburrida, y su puesta en escena carece de momentos dramáticos o fuerza expresiva. El ‘Che’ sigue acaparando la atención allá donde se encuentra, y Benicio del Toro hace lo propio con la cámara. A su alrededor, los secundarios son terciarios porque están sólo como grupo, sin que nadie se singularice ni destaque —a pesar del nombre y valía de muchos de ellos, pasan de incógnito— como tampoco lo hacen los guerrilleros frente al revolucionario por excelencia. Falta naturalidad y frescura en las reacciones e intervenciones de los soldados, como en las breves apariciones —muy televisivas— de los militares bolivianos. En escena sólo está el ‘Che’ / Benicio, que aquí “interpreta” menos que durante su estancia en Cuba o Estados Unidos. Con ese carácter documental y realista desprovisto de tensión o espectáculo —las refriegas y peleas son como maniobras de la mili, un juego de aprendices que simula la guerra—, con diálogos más bien pobres y escenas repetitivas, sin dinamismo, el espectador se pregunta por la necesidad de esta segunda parte… mientras se aburre y espera una épica que no llega.
La película se hace muy larga, más de lo que ya es en su metraje, y Soderbergh y Benicio no llegan a dar humanidad ni profundidad al protagonista, dejándole a merced de los acontecimientos en un plano superficial. En tal soledad se queda ‘Che el boliviano’ que hasta los campesinos le abandonan en su destino y muerte. Quizá el director haya querido presentarse como un campesino más frente al revolucionario perdedor e incomprendido, pero entonces está de más esa secuencia final, y habrá fracasado también en su acercamiento al pueblo que está sentado en la butaca. Fracaso del guerrillero y el cineasta, triunfo del hombre coherente con sus ideas que se convirtió en mito de una juventud idealista que buscaba la autenticidad: un perfil hagiográfico construido a partir de sus diarios bolivianos, tan reiterativos y focalizados —todo se cuenta desde su único punto de vista— como esta prescindible cinta.
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En las imágenes: Fotogramas de “Che: Guerrilla” – Copyright © 2008 Laura Bickford Productions, Morena Films, Wild Bunch y Telecinco Cinema. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.
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Me alegro de que os haya gustado, Juan Carlos e Ipe. Yo no hablo de la épica del Che sino de la película, y me parece que se equivoca Soderbergh al darle ese tono desdramatizado y de apariencia documental no porque opte por ello sino porque le falta dinamismo y verosimilitud.
A mí me resultó aburrida y repetitiva en cuanto al ritmo narrativo y sin llegar a reflejar sentimientos interiores que puede tener una persona de carne y hueso. Al parecer no soy el único que piensa así, al leer ahora los comentarios hechos en la crítica de mi compañero Miguel A. Delgado.
UN saludo,
Parece que no hemos ido a ver la misma película… yo me he emocionado hasta las lágrimas. Me ha parecido un personaje muy bien construido… una dirección excelente y la escena de la muerte conmovedora. Para mi era una segunda parte imprescindible… porque esta es la historia de un hombre, no de un superheroe. El carácter documental, la torpeza de las escenas de acción aportan el realismo necesario… y uno se siente cansado, fatigado y abandonado, como aquellos hombres.
Mi único “pero” sería para Oscar Jaenada, que no es un boliviano muy convincente… pero se esfuerza mucho y yo lo admiro por ello.
Creo que el Sr. Rodriguez Chico es un crítico al uso; espera épica donde la épica sólo puede crear equívocos. La fugura del Ché tiene épica de sobra por sí misma, y esta magnífica película muestra a una persona, al fin!!
Y de ella, que de aburrimiento nada, vayan a verla es una gran continuación de la primera, decir que tiene la mejor escena que he visto de la muerte de alguien.
Gracias a Soderbergh y a Benicio del Toro.




























































