El recuerdo cinematográfico de las trescientas mil víctimas que perdieron la vida en la ciudad de Nanking sobrecoge en cada minuto de su metraje. Lu Chuan indaga en los más oscuros rincones de la naturaleza humana.
1937, en pleno fragor de la segunda guerra chino-japonesa. Las tropas niponas se encuentran a las puertas de Nanking, la por entonces capital del gigante asiático. “Ciudad de vida y muerte” cuenta lo que sucedió una vez se rindió la urbe, cómo lo más abyecto y vil del ser humano emergió de entre unos soldados exhaustos, depravados y fuera de control tras un enfrentamiento por muchos considerado punto de partida de la conflagración mundial que arrancaría el 1 de septiembre de 1939. El director chino Lu Chuan narra de manera espeluznante, con una producción demoledora y extenuante en su dolor; un retrato terrible pero no por ello menos sobrio que sobrecoge durante prácticamente cada minuto de un metraje tan extenso como intenso y penetrante, firmado como recuerdo de las trescientas mil víctimas que perecieron en este espantoso episodio histórico.

Con dos partes claramente definidas, la confrontación armada es narrada desde las trincheras, edificios semiderruidos y hogares destartalados, con un uso de la cámara en mano tan enérgico como efectivo en su pretensión de sumergirnos en el campo de batalla. Una puesta en escena apurada en la recreación de la devastación, en la que los ecos adquieren un especial protagonismo ante la práctica total ausencia de banda sonora en los primeros rollos, potencia en pasmoso blanco y negro el miedo y el agotamiento generalizado que se respira a ambos lados de la contienda. A la altura en su grafismo y violenta espontaneidad de los acercamientos bélicos de Spielberg o Polanski, Chuan no elude su implicación con lo que cuenta y abunda en explicitudes brutales por lo masivo de su contundencia; trata, además, de objetivizar su visión a través de cuatro personajes situados en distintos prismas del conflicto, buscando profundizar en los límites de nuestra naturaleza más que en el panfleto político destinado a soliviantar a las partes enfrentadas.

Con un tono absolutamente desesperanzador en su desarrollo, asiste el palco sobrecogido a pillajes, abusos y todo tipo de desórdenes derivados de la locura de la guerra, un paréntesis ─definitivo, en muchos casos─ en la moralidad de los jóvenes soldados japoneses que descargan su furia incontenida sobre quienes consideran sus enemigos, tristes civiles mayormente. El grado de catarsis que golpea el palco es tal que, en un inaudito giro de la conciencia, es un oficial nazi, John Rabe (John Paisley) el mayor garante de la conciencia y la piedad en un entorno tan deshumanizado. Complicada por lo que presenta, y por lo difícil que puede resultar para el espectador mantener una distancia lógica y no demonizar al invasor, esta “Ciudad de vida y muerte” encuentra su mayor traba en el que es su mayor acierto en términos cinematográficos: un ritmo sostenido y constante, que machaca una y otra vez retinas y razones en lo que, en su misma esencia, no es un alegato ni puede quedar como una advertencia. Porque no hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor para ver que la historia se repite.
En las imágenes: Fotogramas de “Ciudad de vida y muerte” © 2009 Media Asia Films. Distribuida en España por Karma Films. Todos los derechos reservados.
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Muy buena película. No es la típica película de guerra ,esta te hace reflexionar durante sus 2 horas de duración encontrandose al nivel de la película “disparando a perros” que narra otra de las ,ya demasiadas, barbaries cometidas por el hombre.
Despues de visionar esta pelicula da casi verguenza hablar de sus memritos o sus defectos cinematograficos. Absolutamente de acuerdo con el comentario de Arce.
Como reflexión y simplemente hojeando la historia podriamos hacer otra pelicula que se llamase. Tierra, planeta de vida y muerte.
Dicen que el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Hasta la fecha ya hemos demostrado con creces lo peor.

























































