“Destino: Woodstock” nunca es capaz de insuflar algún significado más allá de la anécdota. Es un resumen sin alma de la experiencia, de nostalgia rápida para el consumidor post-Woodstock. Un subidón encapsulado que muere al instante.
Que Ang Lee decidiera narrar un relato aledaño a esa constatación, reafirmación de la contracultura americana que fue el festival de Woodstock de 1969, era una excelente noticia. Excelente porque uno imaginaba la ocasión para que el taiwanés diera la réplica al documental de Michael Wadleigh “Woodstock: 3 días de paz y música”, testimonio cinematográfico por excelencia del acontecimiento. Recordemos que el valor del documental no era meramente testimonial: erigía desde el montaje (a cargo, entre otros, de Martin Scorsese) el mito de Woodstock aceptando sus contradicciones, alcanzaba la dimensión de la épica desde cierta distancia y sin una palabra más alta que otra. La relectura de mitos y el dibujo de la revolución desde los márgenes, sin embargo, eran jugosas bazas para “Destino: Woodstock”, la alternativa más o menos ficcional que cuenta cómo Woodstock le cambió la vida al protagonista de la historia antes que cómo cambió el mundo (o cómo intentó cambiarlo). Intenciones, por otro lado, perfectamente legítimas.
El problema es que, aceptando Woodstock como elemento meramente paisajístico, poco más queda. Encomendados a un puñado de personajes y sus historias, resulta incomprensible que Lee solucione sus secundarios con estereotipos cansinos (el amigo veterano de Vietnam, la compañía de teatro) y que nunca llegue a alcanzar alguna hondura dramática en los principales: el realizador pasa demasiado tiempo desbordándoles para prestar atención a la relación sentimental de Elliot (Demetri Martin) o dibujar a la madre de este más allá del personaje-chiste. “Destino: Woodstock” exprime la comedia del sempiterno choque entre la costumbre arraigada y los cambios ciclónicos, pero nunca es capaz de insuflar algún significado generacional que permita ir más allá de la anécdota. Más que el diario personal de un joven viviendo su despertar en el irrepetible contexto, es el recorrido de un espectador distraído del espectáculo. Un resumen sin alma de la experiencia, dotado de nostalgia rápida para el consumidor post-Woodstock. Un subidón encapsulado que muere al instante.
Con todo, hay una escena en “Destino: Woodstock” que parece buscar algo más: Elliot acepta la oferta de un policía de llevarle hasta el concierto en moto, abriéndose paso entre una multitud que colapsa la carretera; un plano largo nos regala, aquí sí, una auténtica y heterogénea movilización, la marcha de millares de asistentes que peregrinan hacia una utopía que morirá días después. Es, quizá, el único momento en el que el fenómeno adquiere una verdadera significación en la pantalla y no queda minimizado por la gramática de Ang Lee. Por lo demás, el director se marca un homenaje a Wadleigh a base de pantallas partidas, y hasta se permite un pasaje de psicodelia en el que participa un algo irritante Paul Dano. En cuanto a la música, los gloriosos temas que sonaron en los campos de Bethel quedan aquí relegados, con suerte, a un lejanísimo hilo musical.
- Ficha completa de ”Destino: Woodstock”
- Fotos de “Destino: Woodstock” (18)
- Tráiler español de “Destino: Woodstock”
- Previa: El nacimiento de una nación, por J. Revert
- Notas sobre cómo se hizo “Destino: Woodstock”
- Noticias relacionadas con la película y su equipo
- Videocartelera de la semana de su estreno
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