Metáfora brutal de la deshumanización de la infancia, crítica abierta al totalitarismo y la intolerancia… la nueva propuesta de Samira Makhmalbaf toca temas complicados y espinosos desde una prisma tan incómodo como desesperanzado.
¿Somos todos iguales? Sí en nuestra esencia, en nuestra composición, en la base de lo que nos constituye como seres humanos. Pero las circunstancias en las que desarrollamos nuestra vida determinan, la mayoría de las veces por causas externas, una diferenciación que en demasiadas ocasiones se convierte en trágicamente definitiva. Raza, género, color de la piel, estatus social o económico, religión, opción sexual… baremos a priori insignificantes a la hora de valorar a nuestros iguales, pero que lamentablemente marcan el devenir de las existencias de muchos.
En un pequeño pueblo de Irán ─aunque el rodaje tuvo lugar en Afganistán debido a las amenazas recibidas por el equipo de la película─ un hombre adinerado contrata a un muchacho para que cargue con su hijo de diez años, mutilado por una mina, y le traslade de un lado a otro. “El caballo de dos piernas” se centra en la relación entre jinete y montura, y lo hace a través de un retrato tan grotesco, crudo y sádico como extrañamente onírico y surrealista. Mediante el nexo que se establece entre ambos muchachos, la realizadora Samira Makhmalbaf pretende esbozar un terrible alegato metafórico contra la tiránica situación en la que viven sus semejantes bajo regímenes extremistas y totalitarios; sin embargo, lo que parece presentarse como un relato capaz de entroncar a nivel emocional con el palco toma la forma de catálogo de crecientes y exasperantes barbaridades, en el que las demostraciones de poder por parte del amo hacia su dependiente y retrasado esclavo atenazan el ánimo del observador por lo explícito y cruelmente radical.
Sin un hilo argumental específico más allá de la hiperbólica e hiperrealista puesta en escena, lo que comienza como una fábula deviene en pesadilla que se abalanza sobre el espectador de manera inexorable, a lo largo de un metraje extenso y reiterativo, deslavazado pero tajante y sincero consigo mismo, que deja en suspenso la opinión de cada cual acerca de la valoración que merece esta utilización del cine como herramienta a la hora de trazar una denuncia tan contundente y absolutamente freak ─en el sentido más literal de la palabra─ como esta. Y es que la cinta atrapa, es innegable, de suerte que cuando queremos darnos cuenta estamos encerrados en un microcosmos alarmante y sencillo de castigos y crueldades que apuntan a una terrible verdad: somos víctimas de nuestras propias circunstancias. Por eso no se recurre aquí a grandilocuencias estéticas, porque la veracidad implacable que muestra la cineasta poco más necesita que ese árbol recortado sobre el horizonte, que observa impasible cómo hombre y bestia conviven a la carrera, indistinguibles e indivisibles.
No puede negarse cierto aire de presunción por parte de Makhmalbaf a la hora de jugar tramposamente con los paralelismos que en el montaje equiparan la relación entre los chicos con la existente entre los propios caballos, concretada en los recurrentes planos de la yegua dando a luz a un potrillo al que hostiga en sus primeros instantes para que se ponga en pie y se valga por sí mismo; ni puede negarse, tampoco, lo innecesario y absurdamente excesivo del correctivo físico y moral que recibe el pobre chico/rocín, ese noble bruto incapaz de abandonar a su señor a pesar de los continuos vapuleos con los que es premiado por su esfuerzo. Pero es el discurso frío, consciente e inapelable con el que la directora clama contra una realidad que ella conoce mejor que nadie. Y es que, aún hoy, hay lugares en los que Darwin se habría replanteado su teoría evolutiva.
En las imágenes: Fotogramas de “El caballo de dos piernas” © 2008 Wild Bunch y Makhmalbaf Film House. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.
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Habría que verla, aunque el tema se asoma como muy crudo… Con respecto al comentario de Merovingio, creo que habla cualquier cosa
Creo que ésta ya la he visto yo, ¿no es ésa que el final es en la cúpula del trueno?




























































