A una película como “El increíble Hulk”, el espectador puede ir para distraerse con las aventuras de un monstruo que quiere recuperar su humanidad y de varios individuos que se comportan como insaciables animales. También puede estar interesado en verla desde la óptica de la estética y del universo del cómic, y juzgar su más o menos lograda adaptación al lenguaje cinematográfico. De ello se han hecho eco en nuestra revista Joaquín R. Fernández., José Arce y Miguel A. Delgado con sus críticas, además de Almudena Muñoz Pérez con unos interesantes reportajes. Ahora me gustaría acercarme brevemente a la película desde un ángulo distinto, pero muy actual y oportuno. Porque, aunque sus pretensiones sean básicamente de entretenimiento, me parece conveniente no olvidar el lado antropológico y social que encierra, mostrado de manera simple pero clarividente.

Por un lado, vemos cómo se descompone el rostro de quien sufre el descontrol de sus pasiones, hasta transformarse en un monstruo imprevisible que incluso se desconoce a sí mismo, que no es consciente ni recuerda sus propios actos tras esos momentos de cólera y excitación. En este grupo está Hulk y también su primo-hermano y adversario Abominación, que se le parece mucho pero que no es igual, porque el sustrato humano es radicalmente distinto. El primero sólo era un científico bueno e ingenuo que se expuso a un experimento peligroso, y que ahora quiere deshacerse de ese lastre de autodestrucción, que procura evitar los arranques de ira y defenderse en situaciones de acorralamiento. El segundo es un orgulloso militar entrenado para matar, acostumbrado a salir con éxito de sus batallas y que necesita experimentar el dominio sobre los que le rodean. Junto a ellos, el tercero en cuestión es el irresponsable general, que se sirve de la ciencia para sus objetivos de poder, y que recurre a armas cada vez más potentes y sofisticadas en su afán por controlar esa fuerza sobrehumana, como si la violencia se pudiera sofocar con más violencia (las referencias al fracaso de la guerra son evidentes). Tres individuos que sufren la cólera, el orgullo o la ambición pero que responden con reacciones dispares, que tienen el progreso en sus manos pero que han ignorado los principios éticos al comienzo, durante un tiempo o hasta el final del experimento. Parece claro, por otra parte, que el problema no está en la pasión humana, en el progreso científico ni en las circunstancias de injusticia que puedan darse, sino en el propio hombre, en su debilidad y en su soberbia.

Idéntico planteamiento podemos hacer con la cuestión bioética, presente por su ausencia en unos científicos que juegan a ser dioses —Blonsky quiere experimentar la hermosa fuerza de Abominación y “convertirse en eso”— y que en su ingenuidad crean un banco de sangre y radiaciones gamma con que “clonar” tan poderoso espécimen. Aunque pretendan la experimentación científica con fines terapéuticos y sea bienintencionada, no por ello deja de responder a unos planteamientos no éticos, desconocedores de la naturaleza humana y de su incapacidad para dominar las pasiones cuando estas adquieren una dimensión sobrehumana. Por eso Banner —que ha aprendido la lección— no quiere activar ese poder ni exponerse a sus consecuencias, por eso el general sucumbe ante su ambición de poder incluso hasta sacrificar a su hija, por eso Blonsky es incapaz de conformarse con las pequeñas dosis de fuerza, por eso el científico no percibe el peligro de una ciencia incontrolada ni amparada por la ética. Definitivamente, el hombre demuestra no estar preparado —no poder estarlo, como se ve en el último plano— para ser absolutamente independiente y autosuficiente… precisamente porque su condición es limitada, frágil, humana.
En las imágenes: Escenas de “El increíble Hulk” – Copyright © 2008 Universal Pictures, Marvel Studios y Valhalla Motion Pictures. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.
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