Indagador en las miserias humanas, aventajado inspector del alma en decadencia, implacable psicólogo de sus personajes… Película tras película, Darren Aronofsky se ratifica como uno de los más idóneos cineastas para adentrarse en el dolor y la soledad del ser humano, sobradamente capacitado para otorgar una desnudez dramática que duele e incomoda, que tiene repercusiones devastadoras y, en última instancia, hace de cada una de sus obras una imprescindible e imprevisible pequeña maravilla. Pocos cineastas logran dicha talla dramática, y menos los que la alcanzan sin volver por las mismas constantes o géneros. Y Aronofsky, queda muy lejos del encasillamiento, de una repetición de temas de la que huye como de la peste.

“El luchador (The wrestler)” es un drama portentoso y tan personal como cualquiera de sus anteriores títulos, diametralmente opuesto a los devaneos metafísicos de “La fuente de la vida” y algo más cercano a la indeciblemente dolorosa “Réquiem por un sueño (Requiem for a dream)”. En esta ocasión, el director centra su atención en Randy ‘The ram’ Robinson (Mickey Rourke), un luchador de wrestling en el ocaso de su carrera que vaga por rings de medio pelo, frecuenta un club de striptease donde sólo tiene ojos para Cassidy (Marisa Tomei), y tiene una hija que no le habla. El asentamiento de estas coordenadas del personaje vienen eficazmente dadas y parten de un soberbio comienzo, en el que los créditos que rememoran los tiempos de gloria de Randy dan paso a su inmediato contrapunto 20 años después. Nos encontramos entonces en los minutos posteriores a una pelea, en los que Randy reposa cansado, de espaldas a la cámara, y recibe la escasa paga por su actuación, dinero con el que este luchador no puede siquiera pagar el alquiler para poder seguir viviendo en una mísera caravana. Aronofsky propina su primer gancho al espectador.
Los sórdidos pasajes de la vida de Randy son retratados con una imagen cruda, sucia y alejada de estilismos que privilegia la cámara en mano siguiendo al personaje y emulando sus salidas al ring. El verismo imprimido a las situaciones que le hunden lentamente, contrasta poderosamente con los deliberadamente grotescos espectáculos a los que asistimos en la lona, donde la farsa llega a incluir como instrumentos un luchador con grapadora o un aficionado que presta orgulloso su pierna ortopédica en pro del show. Con esta dicotomía, “El luchador (The wrestler)” es capaz de producir sentimientos encontrados y conjugar así la enorme complejidad de su protagonista, vieja deidad hoy en agonía, intentando aferrarse desesperado a cualquier asidero profesional o emocional que le brinden. Así, el hundimiento y el paso del tiempo nos son explicitados en un videojuego pasado de moda que le tiene por estrella (y que revela la pérdida de la inocencia de su compañero de juegos), en una lista de teléfonos de su hija tachados y en su propio cuerpo, definido en sus propias palabras como un montón de carne podrida. Al más puro estilo Bukowski, como un factótum con Marisa Tomei inclusive, Randy vaga de un lado a otro en busca de un trabajo con el que sobrevivir, pero también con el deseo invencible de vivir: en su iniciación como charcutero, evade la realidad imaginando los vítores mientras recorre los pasillos del interior del supermercado que llevan hasta su puesto.
Mickey Rourke borda un papel resucitador y de alto riesgo, con una transformación física para rayar en lo deforme, en lo grotesco, a la que acompaña una satisfactoria profundidad psicológica y afectiva. Aronofsky ha construido para él un ser afectado de soledad, valiente y desgraciado en el devenir de una existencia que deja de tener sentido fuera del cuadrilátero. En su boca pone la reafirmación de la identidad allí forjada, la insistencia de ser llamado por Randy, y no Robin, como una Pam, no Cassidy, que es su reflejo bajo unas luces de neón que no perdonan el paso de los años. Ella es su igual inconsciente, esquiva para con su decadencia y bellísima en un físico y humanidad sólo posibles gracias a una Tomei que no se cansa de demostrar lo gran actriz que es. Amantes destinados a no encontrarse y a protagonizar un destino aciago pese a sus empeños, pese a su sincero afecto. Su honestidad brutal les lleva a ese hado que mucho tiene de heroico. Cortesía del inmenso autor que se halla tras la cámara.
Calificación: 8/10
En las imágenes: Fotogramas “El luchador (The wrestler)” – Copyright © 2008 Protozoa Pictures. Distribuida en España por Wide Pictures y Universal Pictures. Todos los derechos reservados.
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muy bien todo el testo pero ya que estoy abonado me gustaria poder ver la pelicula en el ordenador si es posible



























































