“Grupo 7″: Velas que se apagan
El mayor logro de “Grupo 7″ es la descripción de atmósferas, el realismo de su puesta en escena. En la película de Alberto Rodríguez abundan los tópicos del subgénero, si bien Antonio de la Torre ofrece una contenida interpretación.
Tras “7 vírgenes” (2005) seguimos en el entorno andaluz para adentrarnos en un territorio turbio y difícil. Es el mundo del narcotráfico en su versión más callejera, en el que consumo, extorsión y negocio corren paralelos a prostitución, SIDA y corrupción. Alberto Rodríguez forma su “Grupo 7″ (ver tráiler) con cuatro policías encargados de perseguir ese mercadeo y desarticular las mafias en que todos son víctimas y verdugos, porque la línea que separa la lucha por sobrevivir y la moralidad/legalidad se hace muy delgada. Violencia y brutalidad extremas, métodos inadmisibles y humillantes, persecuciones y venganzas se dan cita en las calles de Sevilla en los años previos a la Expo del 92, cuando nuestros cuatro hombres de Harrelson cruzan ese límite en su necesidad de ascender profesionalmente, curar una herida sin cicatrizar o dar alicientes a su vida anodina.
La opción por el realismo en la puesta en escena permite a Alberto Rodríguez conseguir una ambientación convincente y auténtica, con cámara muy nerviosa y planificación descuidada, con imágenes de archivo que sitúan la historia, con montaje vertiginoso que se acelera en los momentos de persecución al ritmo de una música trepidante que aporta la tensión necesaria, y con una fotografía, sucia y fría, que retrata no solo los bajos fondos sino también el alma triste y solitaria de sus protagonistas —buen trabajo de Alex Catalán—. No escatiman el director ni los protagonistas en golpes y sangre, en violencia física y verbal para radiografiar unos círculos donde todo se entiende a partir de amenazas, sobornos o mentiras, vengan de los delincuentes o del mismo cuerpo. Bien rodada, sin embargo la cinta no escapa del mundillo sórdido de los suburbios y por momentos se empantana narrativamente en una intervención tras otra, en una venganza seguida de otra penitencia, en un intento de huida hacia adelante que termina por hundirse más en la soledad.
Siendo la descripción de atmósferas el mayor logro, abundan los tópicos del subgénero a la hora de dibujar los personajes marginales: policías duros y con un problema interior, periodistas intrépidos que buscan la verdad, confidentes que se venden al mejor postor, yonquis sin voluntad —verosímil trabajo de Julián Villagrán como Joaquín—. Sin embargo, es justo destacar la contenida interpretación de Antonio de la Torre como Rafael, agente expeditivo y de respuestas contundentes que son el reflejo de una vida perdida desde lo de su hermano Pablo. Oír ese nombre y sentir el dolor de su alma en el rostro es todo uno, y en su mirada se adivina un duro pasado que le dejó marcado para una vida de soledad y de encerramiento en sí mismo. Su falta de escrúpulos y frialdad encuentran cierto respiro con esa chica que consigue inicialmente despertar su alma, porque es una persona buena y sensible, y eso se aprecia en sus actuaciones en las detenciones a partir de la mitad de la trama. Será un renacimiento a la luz de las velas que pone a su Cristo sevillano, pero con una llama pequeñita.
Un camino inverso sigue Ángel, a quien Mario Casas presta su fuerza y físico, pero cuyo rostro no transmite la misma hondura y sutilidad que su compañero de reparto. Este joven aspirante a inspector, casado y con un hijo, pasa del respeto a las normas y de la compasión inicial a las mayores brutalidades, desbocado y enrabietado en su ira, en permanente huida de sí mismo hacia un futuro que apunta al precipicio, pues sus métodos están siendo investigados. Como Rafael, Ángel trata de sobrevivir a su modo entre la miseria del mundo de la droga y la falsedad de unos políticos que miran hacia otra parte, porque la Expo no puede ser un fracaso y hay que limpiar la ciudad. Pero su conciencia le recrimina y cada vez se vuelve más brusco e insensible, algo que notan su mujer y sus compañeros.
Con todo, parece que el director no quiere dejar salir a esos ángeles exterminadores de su mundo de mediocridad y de su cárcel interior —uno coloca alarmas en su casa, mientras el otro echa el cerrojo—, pero tampoco condenarles, pues en el fondo son también ángeles caídos, sin demasiada culpa personal. Por eso, el final —lo mejor desde el punto de vista cinematográfico— es esclarecedor de ese universo de soledad y tristeza al que parecen condenados, donde reina un gran pesimismo a la hora de vencer al hampa —la miseria humana— y al político de turno, y donde el individuo parece sentenciado a seguir siendo víctima y a apagar la vela que había encendido.
Calificación: 6/10
- Ficha de “Grupo 7″
- Carteles de “Grupo 7″
- Imágenes de “Grupo 7″
- Tráiler de “Grupo 7″
- Crítica (7/10) de “Grupo 7″, por José Arce
- Reportaje: Sevilla bajos fondos, por Jordi Revert
Imágenes de “Grupo 7″, película distribuida por Warner Bros. Pictures International España © 2011 Atípica Films y La Zanfoña Producciones. Todos los derechos reservados.











