Un puñado de bellezas pasea palmito antes de ser ajusticiado por un psycho oculto en los rincones de su fraternidad. Sin más, un divertimento justito para celebrar la desgracia ajena con sano desparpajo y distante algarabía.
Son preciosas. Son actrices mediocres. Y van a morir. “Hermandad de sangre” demuestra una vez más la sistemática mecanicidad de la fría maquinaria hollywoodiense, lanzada a una vorágine de remakes que ya no hace falta tachar de innecesarios por lo obvio de tal afirmación. Eso sí, no podemos negar su eficacia y sinceridad a la hora de orquestar las revisitaciones. Porque no hay distinciones a la hora de proclamar al mundo entero la falta de ideas de la fábrica de lo sueños, y todo, absolutamente todo, es digno de volver a rehacerse en aras de rascar los bolsillos de nuevos espectadores potenciales. En el caso que nos ocupa, “Siete mujeres atrapadas (Sorority row)”, título de 1983 que se une a la modernidad de las nuevas “Black Christmas”, “San Valentín sangriento” y, por supuesto, a nuestros amados Voorhees, Myers y Krueger, todos ellos revitalizados a la caza de incautos adolescentes…

Si hay algo que marca a priori una diferencia sustancial en esta propuesta con sus millares de compañeras de viaje subgenérico es la inclusión, pretendida pero no lograda, de un elemento de cáustico humor negro que convierta la tragedia de las muchachas protagonistas en algo más que una sucesión de muertes más o menos originales a cargo de un asesino oculto en las sombras de Theta Pi. Pero más allá del prólogo que abre paso a la historia, las vetas de socarronería no emergen de un libreto plano y soso (a pesar de su premisa inicial, suficientemente atractiva) firmado por Josh Stolberg y Peter Goldfinger, sino de la propia actitud de las imposibles jovenzuelas, incapaces de destilar la más mínima humanidad desde unos roles diseñados para lucir palmito y disparar las hormonas de un palco sediento de carne y sangre ─desde un punto de vista distendido y palomitero, por supuesto─. Y aunque no hay mucho ni de lo uno ni de lo otro, lo cierto es que la narración, a pesar del endeble pulso de Stewart Hendler tras las cámaras, aguanta el envite de manera más o menos digna, sin aburrir pero sin alardes de ninguna clase. Claro que, después de debutar con “Hellion”, el cineasta tampoco lo tenía complicado para mantener intacta su línea creativa.

Más allá de lo inverosímil de las actitudes y pretensiones de un reparto en el que lo último considerable es la virtud interpretativa del perfecto plantel central de rostros y cuerpos, encontrará el espectador ducho en matanzas varias un psycho vengador pertrechado con una llave de cruz tuneada en aras de una mejor funcionalidad exterminadora, que hará de las suyas entre las integrantes de una fraternidad femenina alarmante en su dibujo de la sociedad americana futura: adictas a los narcóticos, trepas inmisericordes que venden su cuerpo por una mejor posición social, rastreras irresolubles ajenas a conceptos como la amistad, la compasión o la más sencilla de las simpatías hacia sus congéneres… Y es aquí, en la gruesa conciencia total y absoluta por parte del observador de que todas y cada una de ellas merecen ser ajusticiadas, donde la película encuentra el asidero necesario para mantenerse firme durante un metraje al que le sobran minutos, como (casi) siempre en estos casos, pero que esencialmente no pretende más que lo que consigue: entretener al respetable a base del laxante dolor ajeno.
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En las imágenes: Fotogramas de “Hermandad de sangre” © 2009 Karz Entertainment y Summit Entertainment. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.
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