“Invictus” es una película sepultada bajo el peso de la mirada reverencial proyectada sobre Nelson Mandela. Contiene momentos de gran cine, pero su retrato casi hagiográfico la aleja de la obra maestra que pudo ser.
Ante una figura de las dimensiones que, a estas alturas de su carrera, ha alcanzado un director como Clint Eastwood, uno tiende a adoptar una posición tan ambivalente como contradictoria: por un lado, es fácil conceder crédito ilimitado a alguien que ha firmado obras del calibre de “Bird” (1988), “Sin perdón” (1992), “Mystic river” (2003) o “Million dollar baby” (2004); por otro, en cambio, las expectativas (y, consecuentemente, el nivel de exigencia) siempre están situados en esas mismas alturas, y de cualquier propuesta que nos llega avalada por su firma se espera, siempre, algo de calibre similar. “Invictus”, la última entrega del viejo maestro, no es, ni muchísimo menos, una película mala, ni siquiera mediocre. Su más que generoso metraje (que excede con largueza las dos horas de duración) contiene momentos de gran cine y, en líneas generales, muestra unas hechuras fílmicas muy estimables, dignas (y las que, por otro lado, cabe esperar) de un hombre que ha demostrado un dominio de la caligrafía cinematográfica de altísimo nivel y una capacidad poco igualable para moverse en unos registros de clasicismo poco habituales en el cine de este tiempo.

Pero “Invictus” está lejos de ser una obra maestra en la medida en que, por un lado, aunque en sus formas sí esté, probablemente, a la misma altura, no alcanza, como relato, el nivel de profundidad de los grandes filmes aludidos en el primer párrafo; y, por otro, adolece de algunos defectos y carencias que, ni por el más mínimo asomo, aparecían en esas mismas películas. Es más, me atrevería a decir que se trata de una película sepultada bajo el peso de una mirada reverencial, la que se proyecta sobre su personaje protagonista. No debe ser fácil abordar —y más si se hace desde una admiración sincera y fundamentada— el tratamiento de una figura de las dimensiones (más que históricas, legendarias) de Nelson Mandela. Pero no creo que le haga favor alguno a la misma, esa visión rayana en lo hagiográfico que el guión de Anthony Peckham, basado en una novela del periodista británico John Carlin, nos ofrece de un Mandela (al que, eso sí, Morgan Freeman le presta un soporte físico de una verosimilitud cercana a lo documental, tema distinto es el de si eso es sinónimo, o no, de una buena interpretación) cuya ausencia de defectos, acumulación de virtudes y talante excesivamente infantilizado (en demasiadas secuencias y situaciones) resultan poco realistas.

A partir de ese lastre, la película adolece de una visión demasiado simple, o incluso simplista (y, en más de una ocasión, prejuiciosa, cuando no lisa y llanamente maniquea) de la compleja realidad de un momento social y político delicadísimo para un país que vivió una de las más grandes transformaciones del último siglo. Despachar las tensiones interraciales (ejemplificadas en el binomio formado por blancos y negros en el equipo de seguridad del presidente) con ese continuo toma y daca de actitudes chulescas, desconfianzas y acercamientos progresivos (y cantados), que constituyen un desarrollo más propio de un telefilme de sobremesa que de un producto serio, resulta sorprendente cuando lo ofrece alguien que ha sabido escarbar en las contradicciones y los recovecos del alma humana hasta profundidades poco comunes (por ejemplo, en “Mystic river”, obra cumbre quizá en ese aspecto).

Como, no obstante, sería bastante injusto cebarse en esos aspectos más deficientes (y que atañen, o giran, en la órbita de la que podríamos denominar como su “vertiente política”) y no hacer mención de aquellos otros que sí resultan sobradamente convincentes, he de afirmar, sin ambages, que si “Invictus” será recordada, será por su “vertiente deportiva”. Bebiendo de la tradición de ese cine clásico estadounidense imbuido de un sentido épico del deporte que lo convierte en vehículo especialmente adecuado para la transmisión de emociones de la máxima intensidad, Eastwood se entrega a una verdadera “orgía de rugby”, en la que, más allá de su mayor o menor corrección formal, lo que el director busca es montarnos —espoleados, además, por el impulso de un Matt Damon que cuaja una de las interpretaciones más convincentes de toda su carrera— en un carrusel vertiginoso e in crescendo, de sensaciones y sentimientos en un despliegue ante el cual toda reserva puede sonar a cicatera. La mejor actitud posible, pues, es la de entregarse a su disfrute sin cortapisas: hay cine de muchísimos quilates en esa hora final de película, y, aunque sólo fuera por ella, ya merecería la pena su visionado.

¿Conclusiones? No es fácil, partiendo de todo lo antedicho, hacer una valoración ajustada de una cinta como “Invictus”: esas mismas ambivalencias y contradicciones que se predicaban, al inicio, acerca de la figura de su director, se hacen totalmente extensibles a este su último filme. Como película de Eastwood, es fácil sentirse defraudado ante ella; como película, a secas, quizá no sea tan fácil encontrar obras que puedan rayar a su altura. En todo caso, véanla, amigos lectores, y juzguen ustedes mismos…
- Ficha completa de “Invictus”
- Fotos de “Invictus”
- Photocall de “Invictus”
- Tráiler de “Invictus”
- Rueda de prensa de “Invictus”
- Crítica (6/10): El discurso de la épica, por J. Revert
- Crítica (7/10): Un Eastwood que va más allá…, por J.R. Fernández
- Previa: Mandela y el deporte nacional, por J. Revert
- Notas sobre cómo se hizo “Invictus”
- Noticias relacionadas con la película y su equipo
En las imágenes: Fotogramas de “Invictus” – Copyright © 2009 Warner Bros. Pictures, Spyglass Entertainment, Revelations Entertainment, Mace Neufeld Productions y Malpaso Productions. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.
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Hola, muy de acuerdo con lo dicho aquí sobre esta película (véase esto y esto).

























































