by Julio Rodríguez Chico | enero 30, 2012 7:06 pm
“J. Edgar” es un biopic complejo y narcisista con un buen trabajo de Leonardo DiCaprio. Clint Eastwood firma una película a la que le sobra metraje y en la que funciona mejor el retrato humano del protagonista que el socio-histórico.
El nuevo trabajo de Clint Eastwood[1] es tan ambicioso y complejo, tan paradójico y narcisista como su protagonista. En “J. Edgar”[2] (ver tráiler[3]) trata, nada menos, de introducirse en el subconsciente del organizador del FBI durante casi cincuenta años, y de arrojar un poco de luz sobre una mente que haría las delicias de los psiquiatras. La influencia de una madre fuerte y dominante o su relación con su compañero y amigo íntimo Clyde serían objeto de un enjundioso estudio psicoanalítico, lo mismo que su obsesión por salvar al país de la amenaza comunista, de criminales y de ventajistas, o su conciencia de héroe salido del cómic que le fue alejando de la realidad para construir su propia gloria a la vez que un archivo privado.

La película adopta la forma de memorias que el propio Edgar comienza a escribir, con idas y venidas desde los años veinte y las primeras filtraciones de la amenaza comunista en Estados Unidos hasta un presente que marca el final de su carrera. La ambigüedad y opacidad del relato quedan reflejadas con el claroscuro fotográfico o con unos picados de cámara en interiores a los que Eastwood tanto partido suele sacar. Son recursos que le permiten transmitir la tensión permanente del protagonista, entre la aprobación de su madre y la liberación de sus afectos, entre su patriotismo y su desmedido protagonismo, entre su moralismo justiciero y sus maquiavélicos procedimientos, entre su afán de poder y su fragilidad interior. Tan intensa es la lucha en su alma que la misma criatura que ha creado puede terminar por devorar a su padre, y por eso pone a buen recaudo la verdad y se la entrega a su fiel secretaria Helen Gandy. Ella conoce la intimidad de Edgar mejor incluso que él mismo, pero calla y siente pena por ese alma amargada.

De esta manera, la organización y modernización de la Oficina corre pareja a una patológica de Edgar que se complica, y eso genera toda una labor de espionaje, falsificación de pruebas, chantajes y venganzas políticas donde el miedo y la desconfianza invaden cualquier rincón de la política y de su alma. Paradójicamente, lo que nació para acabar con el miedo a un enemigo interno del país se ha convertido en fuente de temor y desunión en su seno. Es el fracaso de un sistema que puede venderse con el éxito de sus operaciones, pero que en realidad genera y esconde a un enemigo público —de ahí la alusión a la película[4] de gánsteres de William A. Wellman[5]— que puede volverse en cualquier momento contra nosotros. Así pues, tenemos una legalidad sin ética para alimentar a un monstruo, una liberalidad sin control para tergiversar la verdad, y una Oficina de cómic donde algunos juegan a ser héroes de su propio egocentrismo.

Sorprende la caracterización de los personajes para abarcar un arco de cincuenta años, y el maquillaje favorece el trabajo del Leonardo DiCaprio[6] anciano, pero no así en el caso de Armie Hammer[7] en el papel de Clyde, pues a la inexpresividad que tiene de joven se suma el acartonamiento de la vejez y le convierte en una ridícula figura de cera. Aunque DiCaprio hace un buen trabajo, su personaje apenas evoluciona y siempre aparece con gestos marcados, con un ceño fruncido y tenso de manera permanente, con una mirada torva y enfadada que no le abandonan en todo el metraje. El Edgar de DiCaprio es cerebral y desconfiado, y la puesta en escena de Eastwood hace que la cinta sea fría y distante, sin momento para la emoción ni la identificación con los personajes. Junto a una Naomi Watts[8] que presta su mirada compasiva y su gesto contenido a Helen Gandy, Judi Dench[9] es otro punto fuerte de la película, y no sólo por su firmeza ante su rígido y acomplejado hijo.

Desde el punto de vista narrativo, la primera parte resulta un tanto pesada y plana en el desarrollo inicial de la Oficina, con caídas de ritmo en el guión —por ejemplo, durante la investigación del secuestro del hijo de Charles Lindbergh, y pese al esfuerzo de montaje por solapar el pasado y el presente con transiciones eficaces o de una planificación que busca el dramatismo—. Sobra metraje y también algún episodio que se hace reiterativo al buscar remachar la idea de complejidad y oscuridad crecientes. Por otra parte, mejor la trama personal y humana del protagonista que la historia del país y los deslavazados apuntes a sus presidentes o a Martin Luther King.

No siendo lo mejor de Clint Eastwood ni tampoco de DiCaprio, nos queda un biopic complejo y narcisista sobre un padre y su hijo —el FBI—, sobre una madre y el niño al que quería ver convertido en el hombre más poderoso del país, sobre un hombre que dejó un legado de luces y sombras, de expedientes confidenciales y cómics made in USA, de deseos infantiles y obsesiones paranoicas y verdades históricas convertidas en memorias maquilladas.
Calificación: 7/10
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Imágenes de “J. Edgar”, película distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España © 2011 Warner Bros Pictures, Imagine Entertainment y Malpaso. Todos los derechos reservados.
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