El dramatismo que encierra se desperdicia entre tanto artificio y decorado, el envaramiento de sus personajes transmite frialdad y ausencia de alma en un producto mainstream del cine victoriano más comercial.
Era otra época y la corte de Inglaterra se rodeaba de oropel y protocolo para llenar sus días de ocio, bailes y reuniones sociales. Matrimonios concertados, rivalidades y amaños en el juego político, un peculiar sentido del amor, y unas ideas de libertad e igualdad que mucho habían de cambiar. En un entorno de privilegios y con una moral que se quedaba en la superficie de las apariencias, la joven y bella Georgiana Spencer es entregada en casamiento al rico e influyente duque de Devonshire… para que le dé un heredero. Como son niñas quienes nacen de la unión, los problemas y algo más llegan a la alcoba, y desde entonces el palacio se convierte en prisión de lujo, mientras los sentimientos son convenientemente reconvenidos con la severidad y reserva que las normas sociales exigen. Situaciones humillantes en las que faltan afecto y humanidad, sobran amantes y ambigüedad para así dar cobijo a una mentira que se viste de honorabilidad. Un ejercicio vacuo de estilo pomposo en que Saul Dibb traslada a la pantalla la novela de Amanda Foreman, para realizar una película más entre el montón que reduce la alta sociedad británica del siglo XVIII a un cuadro hipócrita y sin sentimiento.
Precisamente vestidos y decorados es de lo que hace gala “La duquesa”, un terreno en el que es justo reconocer la vistosidad de modelitos y sombreros que las damas lucen, o la majestuosidad de las arquitecturas y los espacios ajardinados. Pero el primoroso diseño de producción —Oscar® al Mejor Vestuario— no logra que los habitantes de la preciosa jaula cobren vida sino más bien que parezcan haber sido momificados, encorsetados en tanta parafernalia cortesana y vacío existencial. El dramatismo que la historia encierra se desperdicia entre tanto artificio y decorado, el envaramiento de sus personajes transmite frialdad y ausencia de alma, e incluso la voluntad del guionista por introducir ideales de amor o libertad avanzados se convierten en impostura de otra época —la actual— y se presentan tan falsos como las pelucas de sus cortesanos. La aventura amorosa con el joven Grey no tiene verosimilitud narrativa como tampoco la de la abnegada Bess, mientras que las escenas à trois en la mesa se cargan más de patetismo y vaciedad que de tensión o indignación. Tampoco la intrusión de los niños en escena tiene más fuerza que la meramente sensiblera, pretendiendo dirigir al espectador de manera artificiosa y complaciente, como lo hacen unos rótulos explicativos para indicar quién es quién.
Demasiado anacronismo en el dibujo de personajes y sus diálogos, con una inteligente y “moderna” Georgiana que se acomoda como puede a un estamento anquilosado, y para quien Keira Knightley ofrece más poses y mohines que personalidad, convicción y fuerza interior. Ralph Fiennes tiene sus momentos cuando su mirada esconde la inquietud o desconcierto iniciales, resignación —cuando mira desde la ventana y anhela la libertad de los niños jugando— y cólera…, pero son más aquellos en que su rostro asiste impávido ante el espectáculo que se desarrolla ante sus ojos. En unos y otros, el acartonamiento de caracteres se combina con el amasijo de tópicos en que el maltrato conyugal, la discriminación femenina o el romanticismo sensual parecen más bien un insulso toque de denuncia que algo serio a tener en cuenta, y donde la narración avanza de manera previsible y convencional, sin giros ni sorpresas, con poca fuerza y escaso interés.
Con mucho colorido en el diseño pero sin color en el dibujo de personajes, la película se convierte en producto mainstream del cine victoriano más comercial, y no le queda más remedio que promocionarse como la historia de la Lady Di del Siglo de las Luces, aprovechando el parentesco y similitud de las heroínas. Al final, los espectadores se encontrarán tan prisioneros del vacío como sus protagonistas, sin haber logrado saborear un film porque está seco, y teniendo que conformarse con el preciosismo de unas estampas de época y los estereotipos de las apariencias. Eso sí, cuidada en las formas y para el disfrute de quien se conforme con el envoltorio, donde no hay nada que objetar.
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En las imágenes: Escenas de “La duquesa” – Copyright © 2008 Paramount Vantage, Pathé, BBC Films, Pathé Renn Production, BIM Distribuzione, Qwerty Films y Magnolia Mae Films. Fotos por Nick Wall. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.
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*********** AVISO DE SPOILERS ************
Mira, cuando la ví me pareció una pelicula porno. Tiene tanto sexo, ( tambien el marido viola a la duquesa ) que al final tuve que quitarla por mi hija de 13 años. Supuestamente es para mayores de 7, pero yo la pondría como para mayores de 13.
Por lo demás, los vestidos y el decorado son impresionantes.
Lo que menos me gustó fue el final, que la duquesa queda presa andentro de su casa, con su marido odioso. Se muere, supuestamente, feliz.
Todas las peliculas como la saga de crepúsculo !!!!! 18 noviembre Luna Nueva !!!
Esta pelicula tiene un ERROR HISTÓRICO MAYÚSCULO!!!!!!.
En una de la ultimas escenas se ve en los jardines una fuente ornamentada con chorros de agua. En el S XVIII se alumbraban con velas!!!!!!!!!!!! de donde sale la energía para la bomba de la fuente??? Se supone que es una película histórica como se pueden equivocar tan feo.
[...] “se pierde” por el diseño de producción, lo mismo que “París, París” o “La duquesa”, bonitas fachadas con decorados de diseño pero con escasa fuerza y [...]




























































