“La vida en tiempos de guerra” constata que ningún personaje de “Happiness” recibió un salvavidas a última hora, que el monstruo sigue solo hasta su sacrificio y que el que ya lo culminó, sufre la vejación emocional bajo forma espectral.
En el caso de Todd Solondz, la secuela tiene más que ver con lo emocional (terreno en permanente devastación en su filmografía) que con una narración continuada. Una década después de “Happiness” (1998), Solondz propone con “La vida en tiempos de guerra” una variación de aquella en la que los mismos personajes siguen campando la infelicidad con rostros distintos: Joy, ahora Shirley Henderson, sigue sufriendo el desprecio apenas velado de sus triunfadoras hermanas; Allen, reincorporado por Michael Kenneth Williams, vuelve a sufrir la ceremonia de la humillación en una apertura análoga en el restaurante.

No se trata, sin embargo, de una repetición de aquella exposición tremebunda de miserias, míseros y miserables que les conminan a la soledad. “La vida en tiempos de guerra” sería, más bien, la constatación de que ninguno de ellos recibió un salvavidas a última hora, de que el monstruo sigue solo hasta la hora de su sacrificio y de que el que ya lo culminó, sigue sufriendo la vejación emocional bajo forma espectral: Andy (Paul Reubens) ahora reclama desde el más allá su posibilidad de felicidad, pero la negación reiterada de Joy provoca de nuevo la reacción furibunda del condenado; Allen ocupa el lugar de Andy, sigue sus aciagos pasos y reclama el suicidio de Joy como acto de justicia de amor. En esta “Magnolia” (Paul Thomas Anderson, 1999) sin redención ni clemencia, todo es post-traumático (el clonazepam, el pavor al contacto) y nada apunta a la esperanza en la gramática del autor. Todo llega después de la tormenta, después del 11-S y del huracán Katrina, de la pedofilia y del desengaño: en el momento de sentarse entre las ruinas y cuestionar el beneficio de la supervivencia.

«La gente no puede remediar ser un monstruo», le dice el personaje de Ciarán Hinds al de una espléndida, turbadora Charlotte Rampling. La sentencia viene acompañada de un diálogo en torno a la extinción del perdón y la conveniencia de su anhelo, preludio a la quizá única escena que permite vislumbrar algún humanismo, en cualquier caso no demasiado convencido: en la cama de un hotel, en un desolador post coito regido de nuevo por lo humillante, la metástasis monstruosa descubre una rendija en las lágrimas de ella; la vulnerabilidad transitoria de tan rocosa figura recuerda que alguna vez hubo un ser humano con vocación de amar y ser amado, pese a sus necesarios defectos de fábrica. Pero eso, claro, fue antes de Solondz.
- Ficha completa de “La vida en tiempos de guerra”
- Fotos de “La vida en tiempos de guerra”
- Tráiler de “La vida en tiempos de guerra”
- Osella al Mejor Guión en el Festival de Venecia
En las imágenes: Fotogramas de “La vida en tiempos de guerra” – Copyright © 2009 Werc Werk Works. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.
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