Más allá de los dramas y alegrías de su entrañable protagonista, las reflexiones derivadas de su presunto poder curativo en torno a lo humano y lo divino, nunca alcanzan el calado que permitiría una obra de mayores logros y trascendencia.
Los designios de la distribución han querido que este fin de semana se estrenen dos de los últimos títulos en ganar el Goya a Mejor Película Hispanoamericana. Si en la última edición fuera la chilena “La buena vida” la que se llevara el premio, en 2007 la triunfadora fue “Las manos”, película argentina que narra la historia de un cura, de vocación humanista y don curativo, en particular campaña para fundar su propia iglesia. Firmada por Alejandro Doria, la cinta muestra pronto su vocación de melodrama de corte clásico, con todas las virtudes y defectos que este puede abocar a la pantalla, con pequeños triunfos y algún que otro momento rayano en el telefilme rancio, pero en última instancia componiendo un relato de pretensiones sencillas y resultados aceptables conforme a estas.

Sustentada en el actor y personaje a quien pertenecen esas manos, Jorge Marrale desempeña efectivamente a un clérigo poco usual. Su perfecta tarjeta de presentación la da el plano secuencia inicial: vemos a Perla (Graciela Borges) entrar en el patio, la acompañamos en el ascensor que nos lleva hasta un piso donde una gran cantidad de gente se agolpa en una sala, esperando su turno; la cámara encuentra al hombre al que todos esperan, un cura que, de espaldas a nosotros, sana con sus manos a una monja sentada en una silla; Doria, muy acertadamente, cierra el plano a la mano, presentando oficialmente al personaje incluso antes de mostrar su rostro y antes de que le veamos hablar con Perla; es entonces cuando la solemnidad de la ceremonia curativa es irrumpida con la llegada de la policía y la huida del sanador y sus pacientes. Desde ese momento, ya intuimos lo lejos que el padre Jorge Marrale se encuentra del arquetípico cura cinematográfico, intuición que se confirma a medida avanza la trama y le vemos tratando de fundar su propia iglesia por aversión a la burocracia eclesiástica, matricularse de Psicología o acoger a un joven escapado de la diócesis por su disconformidad con ciertos predicamentos.

“Las manos” se identifica con la honestidad y humildad que predica su protagonista, si bien estas se encuentran manifiestamente vinculadas a una postura concreta respecto a la Iglesia Católica que se hace demasiado evidente en la conversación final entre el padre Mario y el monseñor Alessandri (Duilio Marzio). Por lo demás, incluso se agradecen sus devaneos filosóficos o sus chistes a propósito de Freud, simpáticos chispazos de un guión que adapta la obra original de Juan B. Stagnaro y permite una narrativa que las más de las veces consigue salvar la impostura dramática. Más allá de los dramas y alegrías de la vida de ese entrañable personaje que tan bien ejecuta Marrale, las reflexiones derivadas de su presunto poder curativo en torno a lo humano y lo divino, nunca alcanzan el calado que permitiría una obra de mayores logros y trascendencia. A cambio, tenemos una cinta afable pero menor, con la anécdota que supone ver a Josep Maria Pou hablando un perfecto italiano.
En las imágenes: Fotogramas de “Las manos” – Copyright © 2006 Aleph Media, Universidad Nacional de La Matanza, Claudio Corbelli Producciones y Luna Films. Distribuida en España por Luna Films. Todos los derechos reservados.
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