Bruce Weber consigue un impresionante equilibrio entre todas las facetas, abriéndonos una rendija por la que entrever la existencia de alguien tan improbable como Chet Baker. Una joya que ha tenido que esperar 21 años para estrenarse.
De vez en cuando, en un terreno tan desolador como suele ser el de la distribución cinematográfica, en el que joyas quedan sin estrenarse mientras otras prescindibles o impresentables ocupan centenares de salas, ocurre el milagro. Y lo sucedido con “Let’s get lost” sólo puede ser incluido en esa categoría: que un documental sobre Chet Baker, una de las mayores y más controvertidas figuras del jazz del siglo XX, llegue a estrenarse 21 años después de su realización (y tras una nominación a los Oscar®), alcanza la condición de rareza comparable a una improbable conjunción planetaria. Algo cuyo mérito hay que añadir, sin ningún lugar a dudas, en los casilleros de la distribuidora y el exhibidor que han apostado, a contracorriente, por hacerle un hueco en su cartelera. Ahora sólo falta que los espectadores interesados corran a verla, porque me temo que, como las puertas espaciotemporales de las malas películas de ciencia-ficción, no durará demasiado en el tiempo.

El documental, firmado por Bruce Weber, cuenta con el valor añadido de haber sido realizado en el último año de vida del músico, cuando la degradación física y psicológica de varias décadas de una trayectoria excesiva en todos los sentidos, le había pasado factura ajándole el rostro. Un rostro del que, sin embargo, aún era capaz de surgir su suave voz, aunque ya estuviera lejos de la que luciera en su época de esplendor. Y cuenta, además, con el mérito de incluir los testimonios de muchas de las personas que compartieron su vida, trazando el retrato canónico de un artista inmenso cuya peripecia vital no estuvo a la misma altura: sus mujeres, sus amantes, sus colaboradores, sus managers… todos pasan por la pantalla ofreciendo el retrato de un ser profundamente carismático, capaz de devorar a los que le rodeaban, sin dejar de buscar una y otra vez nuevas figuras en las que apoyarse.

Y sin embargo, esa misma persona era capaz de arañar el cielo con su música, de la que la banda sonora va dejando continua muestra. Una capacidad absorbente, destructiva, que al final terminó dirigiéndose a sí mismo, en uno de los ejemplos más contundentes del colapso de un grande vistos en pantalla. Sin juzgar, sin sentenciar, desde la profunda admiración pero sin tratar de embellecer una biografía plagada de claroscuros, Bruce Weber logra un impresionante equilibrio entre todas las facetas, abriéndonos una rendija por la que entrever la existencia de alguien tan improbable como Chet Baker.

Más allá de ello, “Let’s get lost” es también la obra de un grandísimo fotógrafo, que consigue extraer todo su potencial de un poderoso blanco y negro, y en el que las composiciones, la fotografía, las escenas en el coche, en la playa de Santa Mónica o su encuentro con sus admiradores, van más allá de lo meramente figurativo para contener un significado por sí mismas. A falta de que la figura del trompetista al que un día Charlie Parker apadrinara logre que alguien haga con él lo que Clint Eastwood consiguiera con “Bird”, esta cinta quedará (de hecho, lo ha hecho ya en las dos décadas transcurridas desde su realización) como la mirada canónica sobre quien legara interpretaciones tan memorables como la de su Funny Valentine, y cuya última reflexión ante la cámara es sobrecogedora. Basándose en este ejemplo, uno no puede evitar pensar qué joyas se habrán realizado estos años y que, a lo peor, no descubriremos hasta dentro de dos décadas… en el mejor de los casos.
En las imágenes: Escenas de “Let’s get lost” – Copyright 1988 Little Bear Films y Nan Bush. Distribuida en España por Avalon Productions. Todos los derechos reservados.
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