“Man on wire” invita a replantearse los límites del documental, entre su ficción reconstructiva y las intervenciones de los verdaderos protagonistas. Uno se pregunta qué maravilla hubiera desempeñado Werner Herzog con este material.
Títulos como “Man on wire” invitan a plantearse qué entendemos exactamente por documental hoy en día. ¿Es lo mismo una cinta que captura instantes de la realidad a otra que dedica gran parte de su metraje a reconstruir dramáticamente y con actores lo que los verdaderos protagonistas nos narran que hicieron hace veinticinco años? Claro que, planteando la pregunta desde otra perspectiva, podría aducirse que una película como esta tampoco podría ser catalogada como “ficción”. ¿Se trataría entonces de un género más o menos nuevo, intermedio? Quizá uno híbrido, que buscaría copiar los recursos dramáticos de la ficción para ampliar la habitualmente reducida salida de los documentales en los circuitos de salas comerciales.

Porque una de las características más interesantes de “Man on wire” es su juego con los códigos de un género de tanta tradición cinematográfica como el del robo perfecto, aquel que se detiene en pormenorizar el reclutamiento de la banda, los preparativos, el desarrollo y las consecuencias de un atraco a un banco, estafa o asalto a algún lugar inexpugnable. Al fin y al cabo, eso fue lo que hizo el grupo encabezado por Philippe Petit y sus secuaces, un plan aparentemente descabellado con el objetivo de conseguir tender un cable entre las Torres Gemelas para que el funambulista francés se paseara de un lado a otro, a más de cuatrocientos metros de altura. Una locura sin aparente repercusión material (aunque el hecho convirtió a Petit en una celebridad mediática que puso en cuestión su faceta más bohemia), pero a la que se apuntaron con entusiasmo unos compinches que tuvieron que discurrir cómo superar las draconianas medidas de seguridad de unos edificios ya emblemáticos desde el momento de su construcción.

Desde esta perspectiva, hay que reconocer que el documental funciona a la perfección: dosificando la intriga, los intentos fallidos, planteando las reuniones y disensiones, las dificultades que se iban añadiendo a un proyecto que constantemente se empeñaba en hacer evidente su imposibilidad. El espectador permanece expectante y preguntándose, más que “si” lo conseguirán (la mayor parte del público ya sabrá la respuesta), el “cómo” lo harán. Y es en ese retrato colectivo de una colección humana bastante pintoresca donde más empatiza con nosotros, haciéndonos partícipes de una locura que sólo fue posible por el prodigioso carisma del funambulista.

Sin embargo, quien quiera asomarse más a la verdadera personalidad de Philippe Petit, conocerle de cerca, tendrá que buscar en otro lugar. De hecho, apenas se nos dan datos de cómo se convirtió en artista del alambre y malabarista, tan sólo lo imprescindible de sus hazañas anteriores en Notre Dame y Sidney. Y es en ese ámbito desatendido donde el documental podría haber ido más allá de la simple ilustración para indagar en la raíz de empresas como esta, aparentemente sin sentido, pero profundamente entroncadas con un empeño tan humano como el de cuestionar constantemente los límites. Tan sólo unos apuntes en el tramo final, y la sugerencia de cómo el éxito rompió el hechizo en el que todos habían vivido, ofrecen alguna pista de lo que el material habría podido dar de sí. Pero lo que no se puede negar es que una película como “Man on wire” debería ser suficiente para acallar a quienes consideran que el género documental, híbrido o no, es ajeno al entretenimiento. Seguro que ese es el valor principal por el que los académicos estadounidenses le concedieron el Oscar® en la última edición. Ahora bien, uno no puede evitar preguntarse qué maravilla habría podido hacer alguien como Werner Herzog con el mismo material.
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En las imágenes: Fotogramas de “Man on wire” – Copyright © 2008 Discovery Films, BBC, UK Film Council, A Wall to Wall, Red Box Films y Magnolia PIctures. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos reservados.
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