No estamos ante una película que se tome en serio ni a sí misma ni a Napoleón, y ahí está su gracia. Se ve, por eso, con gusto y una sonrisa complaciente, aunque sus gracias sean convencionales y dentro del marco de la caricatura.
Hay personajes históricos cuya leyenda les precede e incluso sobrevive a su muerte. Napoleón es uno de ellos, mitificado por sus dotes militares y administrativas o denostado por los miles de muertos que dejó tras de sí. Su capacidad para levantar admiración y odio se reparte por igual, y eso es lo que Paolo Virzi (“Caterina va in città”) muestra entre las gentes de la isla de Elba, a donde el emperador llega exiliado tras su derrota en Leipzig. El mérito del italiano es que pretende hacerlo con una comedia menor de tintes un tanto esperpénticos, con la dificultad que eso conlleva. Y el lastre, que apenas consigue despegarse del estereotipo, con personajes planos en su caracterización. El mismo título, “N (Napoleón y yo)”, es ilustrativo al poner en el mismo escalón al idolatrado corso y al protagonista del film, Martino, un maestro idealista y desencantado que se cree llamado a aplicar justicia y matar al monstruo de Europa. Dos visionarios frente a frente, dos “enviados” para conducir al pueblo a la libertad, y un juego de conquistas amorosas y persuasión mutua en el que astucia e inocencia juegan sus bazas.
El trasfondo histórico se reduce a la llegada a Elba en 1814 y poco más, pues el tono de la cinta se desmarca hacia la ficción más novelesca y la fábula sobre el poder adaptando la obra de Ernesto Ferrero, o al modo en que lo haría un cautivo en Argel que escribe sus aventuras como Ferrante, el hermano de Martino. Comicidad, parodia y pantomima en cada uno de los personajes, auténticos “fantasmas” ingenuos y estridentes, pero simpáticos en sus reacciones, exagerados pero divertidos en su personalidad: ninguno aspira a tener rasgos propios y a superar la categoría de marioneta a expensas del destino o del Emperador; y el pueblo se arrodilla para recibirle, mientras la baronesa seduce frívolamente atraída por el poder, o el propio Martino se siente dubitativo y embaucado por su presencia arrolladora. Y si el maestro se mueve coléricamente y sin lugar a la reflexión, su hermana Diamantina no para de gritar, de lamentarse inútilmente como buena italiana con carácter. En un tercer escalón social, también la sirvienta Pascalina y el empleado Bartolini tienen sus anhelos centrados en su amor manifiesto y no correspondido, y el espectador puede reírse a gusto con unas interpretaciones tan gestuales y de escasos matices como cómicas y nada pretenciosas… para terminar “comiendo perdices” con ellos.
Una sociedad impermeable retratada esquemáticamente y una vida agitada por la llegada de un ser excéntrico, el prepotente emperador al que da vida Daniel Auteuil. El francés se muestra capaz de insuflarle aires de humanidad y delirios de grandeza que seducen por igual, de hacer creer a Martino y al espectador que aún es posible la Europa unida… bajo su bota. Auteuil aporta aplomo al personaje, y lo hace de manera matizada porque mira con arrogancia y con ternura en una misma escena, porque es el centro de atención incluso de espaldas o en silencio. Una puesta en escena caricaturesca, ambientación de época, decorados de bajo presupuesto, una fotografía que apunta a la fábula y una música sinfónica omnipresente que abusa de Beethoven hasta la Novena triunfal: todo ello para desmitificar a un emperador que en el país vecino aún es admirado como lo fue en Elba a su llegada.
No estamos ante un filme que se tome en serio ni a sí mismo ni a Napoleón, y ahí está su gracia. Se ve por eso con gusto y una sonrisa complaciente, aunque sus gracias sean convencionales y dentro del marco de la caricatura. Alguna escena como la de la cacería no está conseguida ni aporta nada, mientras que la trama romántica de Martino y la baronesa resulta inverosímil, excesivamente impostada. Pero en general, se trata de una cinta entretenida y cuidada, inteligente y con cierta emoción, con interpretaciones que cumplen y un Auteuil que vuelve a sostener la película como si de un imperio se tratara, poniendo al descubierto a un monstruo que se hizo rey de Elba para lanzarse —estamos ante una coproducción que busca mercados— a conquistar Europa y el mundo.
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En las imágenes: Fotogramas de “N (Napoleón y yo)” – Copyright © 2006 Cattleya, Babe Film, Alquimia Cinema, Medusa Film y Sky. Fotos por Marta Spedaletti. Distribuida en España por On Pictures. Todos los derechos reservados.
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