La edad de la pareja protagonista no es óbice para que esta derivación de la romcom beba de sus tópicos más manidos. Por suerte, son dos mayúsculos actores como Hoffman y Thompson los que hasta te hacen creer en ese romance.
De los romances a destiempo surge un género dentro de otro género, el de los amores tardíos en la comedia romántica, sustentado en interpretaciones de altura de pesos pesados de la pantalla. La edad de la pareja en sí, empero, no es óbice para que esta derivación de la romcom beba igualmente de sus tópicos más manidos y visite los lugares comunes mil y una veces visitados. “Nunca es tarde para enamorarse” no sabe despojarse de dichos lugares comunes, algo que sí lograba en alguna medida otro título de amor crepuscular como “Cuando menos te lo esperas”. La película que aquí nos ocupa, sin embargo, no goza ni mucho menos de la frescura de la que protagonizaran Jack Nicholson y Diane Keaton, y propone a unos Dustin Hoffman y Emma Thompson que se desvían bien poco de los arquetipos previstos, aquellos que engarzan la soledad con la incapacidad de hacer frente a la vida o una cierta incompetencia emocional. Pese a su madurez, Harvey (Hoffman) y Kate (Thompson) se enamoran haciendo muecas para emular la “frialdad británica”, o con largos paseos por un Londres otoñal en los que el sentimiento se impone silenciando el diálogo y una banda sonora a golpe de piano.
No faltan, por supuesto, los caprichos del azar (incluso los más innecesarios, caso de la escena del taxi), ni la sensación de que cualquier excusa es buena para cebarse con la suerte del pobre Harvey. Tampoco se pierde la ocasión de proponer secundarios de un solo trazo, aquellos que obligan al protagonista a sentirse ridículo (la “familia” de la hija) o sirven como cansino recurso cómico (el vecino polaco). Pese a todo, el filme de Joel Hopkins es prueba fehaciente de que hay intérpretes que se bastan y se sobran para sostener los más sobados argumentos, para evitar la mediocridad mayor: Dustin Hoffman saca petróleo de un discurso emotivo en el banquete nupcial o sintetiza, en un solo gesto, la decepción en el rostro añejo del hombre que contempla su felicidad haciéndose añicos; Emma Thompson pasea fría ironía británica y bloqueo sentimental con el aplomo que reviste a una gran actriz. La suma de las partes sólo admite un resultado, el de la química de la experiencia. O mejor dicho, la química que arriba inevitable con el peso de la experiencia.
Bajo una traducción casi de refranero, “Nunca es tarde para enamorarse” propone la eterna última oportunidad, el romance de ocaso con derecho a los mismos clichés que el de juventud. Por suerte, son dos mayúsculos actores los que incluso te hacen creer en ese amor, los que hacen de la boda y marcha de una hija algo más que premisas de comedia ligera de una “El padre de la novia” cualquiera, los que te regalan chispazos de emoción depurada entre la indiferencia. Son ellos, también, los motivos para creer que una comedia romántica más madura, y más allá de las edades de sus personajes, aún es posible.
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En las imágenes: Fotogramas de “Nunca es tarde para enamorarse” – Copyright © 2008 Overture Films y Process Productions. Distribuida en España por Wide Pictures y Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.
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