“Ponyo en el acantilado” es otra joya de Miyazaki, perteneciente a ese puñado de cuentos que indagan en la infancia y sus tesoros. Eso no le impide, claro, abordar una nueva reinvención mitológica o la dicotomía entre el mundo adulto y el infantil.
A estas alturas, hablar de las virtudes del cine de Hayao Miyazaki resulta poco menos que reiterativo. Hace ya tiempo que el japonés se consolidó como uno de los animadores más importantes del cine, estandarte del Studio Ghibli y maestro acaparador del favor unánime de crítica y público en cada una de sus películas. Hace ya algún tiempo (menos) que nos prodigó con sus dos más altas obras, y que el reconocimiento internacional y, por supuesto, el Oscar®, le valieron a su cine la posibilidad de ser contemplado, en otros lares, como valiosísima alternativa al canónico cine animado de Disney. Ríos de tinta, mares de caracteres han corrido desde entonces para que hoy hablemos de una filmografía que crece a paso lento, pero seguro (cuatro años desde “El castillo ambulante”), de una obra consolidada que ya ha superado confirmaciones y expectativas, que incluso ha sobrevivido con excelencia a la firma de una obra maestra (“El viaje de Chihiro”). Hoy cada nuevo título es más bien una excusa para un disfrute infinito, un nueva joya que añadir a una colección soberbia de fábulas infantiles o monumentales aventuras con visos mitológicos y/o ecológicos. “Ponyo en el acantilado” pertenece, poca duda cabe, al primer grupo, a ese puñado de cuentos que indagan en la infancia y sus tesoros. Odas cargadas de sensibilidad e inocencia que nunca escapan al disfrute absoluto tanto del infante como del adulto.
“Ponyo en el acantilado” empieza con un prólogo magnífico, una apertura en la que Miyazaki establece en pantalla las bases de su universo marino, hogar de la pequeña Ponyo y de su (a priori) poco amigable padre. Sin mediación del lenguaje hablado, asistimos a unos minutos de mágico despliegue de maravillas subacuáticas capaces de arrebatarnos la razón como espectador. La fuga de Ponyo dispone el conflicto que abre la trama, dando paso a unos títulos de crédito que explicitan la vocación de la cinta de Miyazaki: la primera frase, la introducción del cuento infantil a la que acompañan bellas ilustraciones, trazos sencillos y descriptores del contexto marino. A partir de aquí lo que hallaremos es un relato donde la pluma del autor se presiente más relajada y distendida, pero sin dejar de recurrir a los temas y constantes que definen su autoría. La clave infantil en la que se inscribe “Ponyo en el acantilado” no impide a Miyazaki abordar una nueva reinvención mitológica, no descarta la dicotomía entre el mundo adulto y el infantil, y ni mucho menos es impedimento para diluir las fronteras entre lo real y lo fantástico. En tonos más afables y menos trascendentales que los advertidos en “La princesa Mononoke” o “Nausicaa del Valle del Viento”, el realizador lleva a cabo su personalísima versión de “La sirenita” con dos premisas irrevocables: la primera, negar cualquier antagonismo real al dibujar al padre de Ponyo como precisamente eso, un padre que sólo vela por la seguridad de su amada hija, pese a que su aspecto no nos invite a confiar; el segundo, asentar una hermosa comunión entre la sociedad marina y la terrestre que dará lugar a algunos de los momentos más bellos.
Así que Miyazaki difiere abiertamente de la versión propuesta por Disney, bordando una fantasía de imaginación desbocada donde una amabilidad extrema impide la funcionalidad de cualquier tipo de maldad. Más bien es un romance entre lo marino y lo terrestre, entre el mar y el niño en el que seguramente se encuentre el mismo Miyazaki. Un romance descabellado, lleno de sencilla belleza pero también de instantes de grandiosidad y música de Valkirias. La variación de Joe Hisaishi, por descontado, brillante para la ocasión y exultante en una banda sonora que sigue demostrando el magisterio de su compositor, ya sea creando un pegadizo tema central o puntuando los momentos de máxima emoción. Momentos que alcanzan su culmen, como no podía ser de otra manera, en un final pletórico y conciliador, que de nuevo confirmará la vocación cuentista al poner la puntilla con un práctico (y precioso) cierre en iris.
En las imágenes: Fotogramas de “Ponyo en el acantilado” – Copyright © 2008 Studio Ghibli. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos reservados.
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