Su premisa denota cierta inventiva, pero las carencias de Henry Bean tanto detrás del libreto como de la cámara impiden la gran comedia negra, el thriller provocativo, agitador y desquiciado que “Sobrepasando el límite” pretende ser.
“Sobrepasando el límite” se presenta como una anomalía incluso dentro del subgénero de sociópatas violentamente rebelados contra variadas molestias del sistema. En el caso que nos ocupa, el sujeto encuentra particularmente irritantes los sonidos de las alarmas de los vehículos neoyorquinos, los avisadores de marcha atrás y un largo catálogo de ruidos que justifican el título original de la cinta, “Noise” (espectacular el tirabuzón traductorio para rebautizarla como “Sobrepasando el límite”). El guionista y director Henry Bean propone aquí a un Tim Robbins presuntamente desquiciado y trastornado, un vigilante que se hace llamar ‘rectificador’ y que se pretende guardián del silencio en la urbe más imposible para serlo. Una versión soft, si quieren, del William ‘D-Fens’ Foster de “Un día de furia” (Joel Schumacher, 1993), más empeñado en reclamar una sensibilidad hacia el bienestar ajeno que, como aquel, en subrayar explosivamente las miles de contradicciones y horrores sobre los que se edifica la sociedad contemporánea.

La cacofónica banda sonora que irrumpe con la aparición del título ya apunta a cierta inventiva en la premisa, una posible subversión del retrato habitual de Nueva York en la que el ruido deja de ser mero trasfondo, invisible elemento contextual urbano, para convertirse en protagonista de la función. Lo que viene después también demuestra los esfuerzos de Bean por extender esa inventiva a su caligrafía: una voz narradora y deudora de Tyler Durden en su disección del molesto fenómeno que supone el ruido de la alarma de un coche y sus imprevisibles consecuencias; un diálogo abierto de esa misma voz con el espectador, en ocasiones con su interlocutor dirigiéndose a cámara, que confirma el acercamiento a la visión fincheriana de Palahniuk; y recursos de pantalla partida que buscan establecer dinámicas de ritmo visual que luego se verán abandonadas. A pesar de su pasional inicio, “Sobrepasando el límite” tarda poco en agotar la escasa fascinación que podía despertar su protagonista y se permite derivaciones a cada cual más desconcertante. La presupuesta comedia social se amplía a una sátira política cuya única arma es un alcalde de guiñol al que William Hurt da vida con inusitada cercanía a “Muchachada Nui”, mientras que el muy endeble arco dramático queda rellenado con los increíbles escarceos amorosos y/o sexuales de su protagonista o, peor aún, con asomadas ínfulas existenciales que la acercan a una subdivisión más peligrosa de la comedia: la involuntaria.

En una confirmación de lo profético de su título, “Sobrepasando el límite” nunca ceja en su empeño por reventar la expectativa y termina caminando hacia un todavía más insólito pasaje de cine judicial y una restauración final de todo orden. Algo así como el happy end improbable que Herzog ha firmado para su “Teniente corrupto”, pero de una forma accidental que no hace sino señalar las carencias de Henry Bean tanto detrás del libreto como de la cámara, su incapacidad para agitar, su comedia negra de corto alcance.
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En las imágenes: Fotogramas de “Sobrepasando el límite” – Copyright 2007 © Seven Arts y Fuller Films. Distribuida en ESspaña por New World Films. Todos los derechos reservados.
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