Disney mira atrás con nostalgia en una película en la que recupera la animación tradicional. El lápiz cobra vida de nuevo en una historia que sigue a rajatabla las pautas básicas del cuento de hadas, aunque el conjunto se reitera un tanto.
Tiana (voz de Anika Noni Rose en la versión original) ha heredado de su padre el talento para la cocina y el sueño de abrir su propio restaurante, en un esplendoroso Nueva Orleans que vive a ritmo de jazz en los felices años 20. Cuando llega a la ciudad el apuesto y adinerado príncipe Naveen (Bruno Campos), los acontecimientos comienzan a encadenarse de tal modo que el ansiado cuento de hadas va tomando forma, poco a poco y tras no pocos avatares. “Tiana y el sapo” marca el retorno a la animación tradicional del estudio que ha situado los dibujos animados en un nivel tan sólo intuible para la mayoría de competidores; Disney regresa a sus orígenes con una historia sencilla, que sigue paso a paso el camino que otros títulos recorrieron para convertirse en clásicos intemporales. Si la propuesta queda en anécdota o no, depende en buen modo de cómo responda la taquilla. Mal no parece que le vaya a ir.

Ron Clements y John Musker, pareja creativa desde los ya lejanos tiempos de “Basil, el ratón superdetective” (1985), “La sirenita” (1989) o “Aladdin” (1992), firman y filman un cuento imperecedero, una amable fábula que empieza y acaba, como tiene que ser, con un beso, en el que la magia es la nota dominante y en la que se homenajean de manera constante y desenfadada los iconos de dos dimensiones con los que generaciones enteras crecieron y soñaron; el lápiz vuelve a cobrar vida desde el papel, y la ilustración estática preña la pantalla de escenarios fastuosos y detallados, repletos de color en un pulcro y minucioso trabajo que no puede evitar resultar incluso tosco en ocasiones por la superposición, un tanto burda y atropellada, de determinados elementos en movimiento que parecen flotar sobre el entorno, en lugar de desplazarse en él.

Animales parlantes, secundarios hilarantes, un malo malísimo ─el Doctor Facilier (Keith David) es lo mejor de la película, por desarrollo y por elaboración de sus secuencias, aunque quizá sea demasiado agresivo para los más pequeños─, abundantes pasajes musicales ─a disfrutar en versión original, si es posible─ y amor, toneladas de amor edulcorado sazonan un metraje inevitablemente cargante por lo reiterativo. Precisamente, la celeridad y viveza de la ultra desarrollada industria de la animación juega un tanto en contra de la cinta, que pierde su búsqueda de regusto añejo y queda desplazada a un lugar más modesto del que seguramente le corresponda, por mucho empeño que haya puesto el equipo en dotar de un aspecto impecable al conjunto. Nueva Orleans luce maravillosa, radiante y fabulosa, sin duda, y los arquetipos de los personajes redundan en lo que se supone debe ofrecer un producto marca de la casa. Pero queda la impresión general de que es la nostalgia la gran baza de la película para ganarse un hueco en el corazón del espectador. Pero eso sí, fueron felices, y comieron gumbo.
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En las imágenes: Fotogramas de “Tiana y el sapo” © 2009 Walt Disney Animation Studios. Distribuida en España por Walt Disney Studios Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados.
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