“Todas las canciones hablan de mí” es una ópera prima fallida, excesivamente empeñada en la referencia y en el tono discursivo, aunque audaz en sus apuestas estéticas. Buenas interpretaciones de Bárbara Lennie y Valeria Alonso.
En su primera incursión en la dirección cinematográfica, Jonás Trueba intenta recoger las emociones y heridas profundas que puede causar el desamor, pero sólo consigue transmitirnos el tedio y la tristeza de su protagonista. Ramiro es un joven que acaba de romper con Andrea después de seis años de noviazgo, y que respira melancolía y confusión a cada paso que da. De ahí esos encuentros sexuales con las mujeres que se cruzan en su camino, en un intento de llenar el hueco dejado por Andrea y que no hacen sino ahondar su vacío e insatisfacción. Es la desorientación y la huida de alguien que se cree el centro del mundo, que entiende de manera nueva todo lo leído, escuchado o recordado en las cartas y poesías de antaño. De ahí el título “Todas las canciones hablan de mí”, evocación de ese tiempo errático y de ese desconcierto afectivo.

Se nota mucho que estamos ante una ópera prima, pues este drama romántico encierra las dudas e inquietudes típicas de los inicios, con elementos tomados del cine de autor —de la Nouvelle Vague y de Woody Allen, fundamentalmente—, como son esos planos fijos con los protagonistas mirando frontalmente a cámara o ese travelling de acompañamiento por las calles de Madrid. En esos primeros compases la cinta promete mucho, pero poco a poco se perciben la falta de estilo propio y de madurez narrativa. El hijo de Fernando Trueba avanza sin ritmo y de manera caótica en el guión —a pesar de su estructura en capítulos, a modo de diario—, de la misma manera que lo hace el propio Ramiro. Además, se arriesga con unas escenas surrealistas de dudoso éxito en las que Andrea adopta formas fantasmagóricas para estar presente en el primer ligue de Ramiro, mientras que éste se desdobla por la fuerza del deseo en la cita con Irene en el café.

En el aspecto artístico, Jonás Trueba apuesta por desenfoques fotográficos y por la creación de ambientes fríos y apagados… hay que reconocerle la audacia y la distancia respecto a las experiencias vividas, pero con esa distancia el espectador permanece fuera de la historia, sin sentir ni padecer emoción o drama alguno que la historia pudiera esconder. En ese mismo sentido, resulta más fallida aún la presencia de ese Ramiro-narrador de voz en off que de forma átona recuerda sus huidas y amoríos como si no fueran con él…, o esas disertaciones existenciales sacadas directamente de un libro de literatura o de pensamiento —pretenciosas e impostadas, por tanto—, o incluso algunos diálogos o monólogos artificiosos y pedantes —incluida la declaración final de Ramiro en el parque—.

Lo intenta el director novel pero no lo consigue, y sólo nos queda algún buen apunte en una cuidada planificación cargada de intencionalidad, en un montaje sincopado que nos hace avanzar en el tiempo estilísticamente, en un tratamiento fotográfico acorde al alma de sus personajes, y en un par de buenas interpretaciones que respiran autenticidad como las de Bárbara Lennie y Valeria Alonso. Habrá que esperar y ver madurar a Trueba, confiar en que un día abandone las citas literarias —en ocasiones es excesivo el tono discursivo de sus personajes—, filosóficas y cinematográficas… y se decida a hablar con corazón propio para trasmitir sentimientos vivos. De momento, Jonás y Ramiro parecen lastrados por la melancolía y la cita-referencia, perdidos en su confusión afectiva y en la voluntad de emular a sus admirados autores.
- Ficha completa de “Todas las canciones hablan de mí”
- Fotos de “Todas las canciones hablan de mí”
- Tráiler de “Todas las canciones hablan de mí”
- Crítica (4/10): Libertad encorsetada, por José Arce
- Previa: El final del romance, por Jordi Revert
En las imágenes: Fotogramas de “Todas las canciones hablan de mí” – Copyright © 2010 Castafiore Films y Tornasol Films. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.
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No estoy en absoluto de acuerdo. El parlamento final me parece antológico. Precisamente por buscar la naturalidad, por estar bien armado y bien rodado, con esa música in crescendo.
Y la “escena surrealista”, en la que el fantasma de ella aparece, como un pensamiento, a mí, personalmente, me gustó y me emocionó.
Pero es lo que tiene una crítica, es una opinión.

























































