Una obra cinematográfica sublime, inmensa, repleta de bondades técnicas y con un manejo del tempo narrativo sólo al alcance de los más reputados creadores. Una celebración del cine como artilugio generador de emociones y sentimientos.
Más allá de la “mala prensa” generalizada de la que “gozan” las secuelas cinematográficas —en la medida en que resultan un referente de falta de creatividad y originalidad—, he de confesar que, personalmente, y desde un punto de vista global, tengo una especial aversión por las mismas. En el mejor de los casos, suelen tratarse de empeños meramente mercantiles, sin la más mínima aspiración de corte artístico, manufacturados con el único objetivo de exprimir una ubre que haya dado síntomas previos de ser especialmente fértil. Y en el peor… bien, pasemos a otro punto.

Pero no siempre es así. De hecho, hay secuelas que, incluso, llegan a superar, en términos de calidad, a su “cinta de origen” (como sucede, y me disculparán la apelación al tópico, con la segunda parte de “El padrino”). Por lo demás, Pixar ya había demostrado, con la segunda parte de esta saga, que su nivel de exigencia y de exhibición de talento no tenía por qué decaer bajo la circunstancia de que el filme se tratara de una secuela. ¿Conclusión? Mis expectativas ante “Toy story 3” estaban exactamente a la misma altura que ante cualquier otro estreno de la factoría. Y tras ver la película, les puedo asegurar que tales expectativas se han visto plena (y gozosamente) refrendadas.

Porque “Toy story 3” es, como la mayoría de las producciones Pixar, una obra cinematográfica sublime, inmensa. Y no sólo por sus bondades técnicas —que las tiene, de un nivel espléndido—, o por su excelso cuidado de los detalles formales —un elemento identificativo de la casa que, una vez más, vuelve a sorprender—, o por su endiablado potencial de entretenimiento —la película, que cabalga, en cuanto a líneas de reacción emocional, en una montaña rusa que te lleva del nudo en la garganta a la carcajada explosiva sin que apenas te des cuenta del recorrido—, o por un manejo del tempo narrativo sólo al alcance de los más reputados creadores —medido con diapasón el ritmo y despliegue de sus episodios, que alternan tan sabia como ferazmente géneros, modos y estilos—.

No son méritos pequeños ni escasos, y aún podríamos añadir algún que otro elemento más que merece el mismo reconocimiento y estimación. Los creadores de la factoría estadounidense han sido capaces de tejer una historia iniciática, atractiva y fluida en su discurrir, con gran número y variedad de giros argumentales. En uno de los logros más interesantes del filme, han sabido conjuntar a los personajes “veteranos” (los provenientes de las dos primeras entregas) con un buen puñado de nuevos juguetes —entre los cuales destaca sobremanera Big Baby, un trasunto del matón descerebrado del cine negro más tradicional—, sin que la mezcla chirríe lo más mínimo.

Todo eso está ahí, y su disfrute está al alcance de pequeños (que, aunque inconscientemente y sin poder formularlo en un argumentario técnico, lo gozarán en un suspiro, un soplo del que ni cuenta se darán) y mayores (que pueden hacerlo en idénticas condiciones, si ese es su deseo y circunstancia). Ese gozo se multiplica por un índice elevado si ese espectador ha visto las dos entregas previas de la serie, dado que al propio y consustancial de la película contemplada como obra autónoma e individualizada, se añade el engarce con multitud de referentes y claves sólo palpables a través de ese visionado previo. Pero éste no se hace indispensable, dado que esta “Toy story 3” dispone una sustantividad argumental más que suficiente como para poder ser vista sin ningún referente previo —y, en contrapartida a lo antes apuntado, disfrutar de ella como si de un producto independiente se tratara—.

Pero no es (sólo) eso lo que hace de “Toy story 3″ una película grande. La última entrega de Pixar lo es porque, por encima y más allá de todos sus méritos intrínsecamente cinematográficos, constituye una fiesta, una celebración del cine como artilugio generador de emociones y sentimientos. Ahí es donde la cinta dirigida por Lee Unkrich se erige en algo más que un mero producto de animación para alcanzar la condición de obra de culto. Culto merecido, porque es aquel en el que los que profesamos esta religión nos sentimos confortados y reconocidos. ¿Suena exagerado? Más allá de mis muy particulares querencias, les puedo asegurar, amigos lectores, que lo único exagerado, descomunal, es el talento de las gentes de Pixar. Así que, ante el anuncio de aluvión de secuelas (“Monstruos S.A.”, “Cars”…), avisados quedamos. Y deseando que lleguen…
- Ficha completa de “Toy story 3″
- Fotos de “Toy story 3″
- Tráiler de “Toy story 3″
- Clips de “Toy story 3″
- Entrevistas de “Toy story 3″
- Crítica (9/10): La acogedora luz de un flexo, por M. A. Delgado
- Crítica (9/10): Hay un amigo en Pixar, por J. Arce
- Crítica (10/10): Amigos hasta el infinito… y más allá, por J.R. Chico
- Crítica (8/10): El ciclo de la vida, por J.R. Fernández
- Crítica (10/10): El final del recreo, por J. Revert
- Previa: Juguetes en la guardería, por J. Revert
- Reportaje: Pixar, los reyes del píxel, por J. Revert
- Reportaje: Pixar vs. DreamWorks, por J. Revert
- Noticias relacionadas con la película y su equipo
En las imágenes: Fotogramas de “Toy story 3″ – Copyright © 2010 Pixar Animation Studios y Walt Disney Pictures. Distribuida en España por Walt Disney Studios Motion Pictures Spain. Todos los derechos reservados.
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inmensas gracias, Pixar. hacía años que no sentía tantas cosas viendo una película.
un DIEZ absoluto.
!Magnifica!
Lo tiene todo, ya quisieran muchísimas películas de adultos emocionar, intrigar, divertir, reir y difrutar como esta.

























































