Pese a un gran Tristán Ulloa, los forzados giros narrativos descubren las grietas de un guión irregular que comienza mejor que termina, y oculta cierto escepticismo ante la posibilidad de llevar una vida coherente y recta.
No hay crimen perfecto y todo hombre tiene un precio, mientras que las apariencias no necesariamente se corresponden con la realidad, y entre el dicho y el hecho siempre hay un trecho. Todo eso es lo que debió pensar Juan Martínez Moreno al construir el guión y dirigir “Un buen hombre”, thriller que plantea los límites de la amistad y también la necesidad de una coherencia cuando la vida real sale al encuentro. El hombre del título es Vicente, profesor de Derecho de firmes convicciones religiosas y ejemplar marido y profesional, que un día ve cómo Fernando, su mejor amigo y padrino en la Universidad, mata a su mujer. El silencio y encubrimiento le acompañan en adelante junto a un enorme peso de conciencia, a la vez que en el entorno se desatan cabos imprevistos que hacen tambalear todo su universo moral y familiar.
El planteamiento e inicio de la historia están trazados con firmeza y decisión, y en un par de secuencias quedan recogidas las coordenadas profesionales, familiares e interiores de Vicente. Al mismo tiempo que se recoge su carácter utópico, el director traza la réplica realista y cínica de otro profesor, Daniel, un tanto trepa y sin principios claros que se siente “príncipe destronado” en su carrera hacia la Cátedra. Dibujadas las dos actitudes ante la vida, coloca al testigo accidental y al espectador ante la escena del crimen, para asistir después a los mejores momentos de la película. Conocedores de lo que ha sucedido —al más puro estilo Hitchcock— vemos cómo la duda y la culpa oscurecen el semblante de Vicente —un gran Tristán Ulloa—, cómo su mirada pierde seguridad y sus reacciones se vuelven desconcertantes y destempladas. En esos momentos de incertidumbre, cada palabra de Fernando es una puñalada en el alma de su amigo, cada muestra de cariño de su mujer Paula hacia el niño huérfano supone una recriminación de su conciencia, y cada palada para enterrar lo sucedido… un nuevo peso que le angustia.
Pero si Vicente se siente arrollado por las circunstancias, también parece estarlo el director porque, tras la escena clave y bajo la lluvia, la historia se precipita de manera inverosímil durante la segunda parte del filme. Giros narrativos muy forzados dejan ver las grietas de un título bien ambientado y que había sabido adentrarse, recoger el dilema moral de su protagonista: esa foto caída por casualidad en la comisaría, esas averiguaciones y el hallazgo del arma homicida, esas desavenencias matrimoniales y embarazo inesperado, y ese final rocambolesco hacen que la cinta derive hacia el terreno de la pirueta imposible, que la hondura moral se pierda y quede en fuego de artificio.
En el fondo, tanto la película como su protagonista tienen algo de “bueno”, pero con sus puntos débiles… y aunque procuremos encubrirlos bajo una buena interpretación y una excelente fotografía, no por ello dejará de saltar a la vista que estamos ante un guión irregular que comienza mejor que termina, que oculta cierto escepticismo ante la posibilidad de llevar una vida coherente y recta. Al parecer, Vicente seguirá dando clases y su mujer le seguirá considerando “un buen hombre”, pero el espectador y la cámara —magnífico el travelling final de aproximación al rostro— sabrán que en su interior han surgido unas sombras que le oprimen y le hacen un poco más cínico, que la verdad fácilmente se adapta a los intereses y necesidades, e incluso se la puede relegar a un rincón de la memoria.
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En las imágenes: Fotogramas de “Un buen hombre” – Copyright © 2009 Milú Films, Castafiore Films y Tornasol Films. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.
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