Con una fotografía que atrapa la luz romana y un guión que apenas abandona el piso, “Vacaciones de Ferragosto” podría pasar por una producción pequeña, de pocas ambiciones y cuyo alcance apenas va más allá de lo mostrado en pantalla.
El cine italiano vuelve a levantar tímidamente la cabeza en los últimos tiempos. Y quizá no sea casualidad que la vuelta a uno de los registros que más marcó su época dorada, el realismo, marque la cinta que se ha convertido en emblema de ese resurgimiento, “Gomorra”, y también esta, mucho más modesta en su planteamiento, pero igualmente influida por un método y una estética que buscan atrapar un pedazo de verdad. Por ese motivo, no resulta extraño que la primera película como director de Gianni Di Gregorio (también protagonista y estrecho colaborador de Matteo Garrone, director de “Gomorra” y aquí productor) haya huido lo más posible del artificio.
Basada en una experiencia personal (como el protagonista, también él tuvo que dedicarse a cuidar de su madre viuda y, como también sucede en la ficción, el administrador de la finca le ofreció acoger durante una noche a su madre) y rodada exactamente en el mismo piso en el que vive el director, el filme se enriquece además con unas actrices no profesionales y un guión abierto a la improvisación: a partir del texto, las cuatro ancianas podían elaborar, desarrollar y mostrarnos todos los matices de su personalidad.
Claro que nada de ello se nota en la pantalla, y eso es lo que hace a esta ajustada propuesta (incluso en su metraje, el cual ni siquiera supera la hora y cuarto) latir con la sinceridad que destila cada uno de sus fotogramas. Con una fotografía que atrapa a la perfección la luz romana y un guión que apenas abandona el piso, “Vacaciones de Ferragosto” podría pasar por una producción pequeña, sin excesivas ambiciones y cuyo alcance apenas va más allá de lo mostrado en pantalla. Y cuando la cinta de Di Gregorio decide salir de ese piso, nos brinda una estupenda secuencia en la que, a lomos de su motorino y con su amigo Vikingo, atraviesa la ciudad desierta. Una escena que, por cierto y desde “Caro diario: Querido diario”, lleva camino de convertirse en guiño recurrente en el cine italiano.
Podría pasar, sí. Y en cierto modo sería verdad, porque Di Gregorio no muestra nunca ampulosidad o pretenciosidad alguna: todo discurre naturalmente entre él y las cuatro mujeres con las que termina compartiendo el piso. Pero no es menos cierto que ante los gestos, los detalles en las miradas y la contención expresiva del extraordinario Di Gregorio actor, aparece una ancianidad llena de vitalidad, más incluso que la que tiene el propio protagonista, y unas relaciones de poder entre los personajes (especialmente en el desenlace) que dibujan un campo bastante más complejo.
Pero todo ello, que está ahí, aparece como una secreción natural de las imágenes, como algo que no está metido con calzador. Quizá sea porque el director ha realizado su ópera prima a una edad tardía y tras haber permanecido ligado al cine en segunda línea desde hace años, pero la sabiduría, la exactitud con la que está narrada la historia, sorprende en alguien que nunca se había sentado en la silla del director. Quizá sea su experiencia como guionista, pero lo cierto es que apenas hay un gramo de más en esta historia, quizá demasiado liviana para terminar de desarrollar todas sus posibilidades, pero en todo caso refrescante en un panorama de propuestas que tienden a disimular su vaciedad bajo capas y capas de pura y superflua grasa cinematográfica.
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En las imágenes: Fotogramas de “Vacaciones de Ferragosto” – Copyright © 2008 Archimede y Rai Cinema. Distribuida en España por Alta Classics. Todos los derechos reservados.
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