“Villa Amalia” es una criatura extraña, singular y dominada por una sequedad que la aproxima a lo fascinante sin entregarse del todo, que quiere ser radiográfica sin contradecir el orden etéreo, y que en última instancia sólo seduce en la superficie.
Escrutar la naturaleza de “Villa Amalia” es, en realidad, un ejercicio tan complejo como tratar de decodificar los sentimientos y pensamientos de esa mujer interpretada por Isabelle Huppert: no hay certezas y sí intuiciones, sospechas y reflexiones propias en torno a una particular forma de viaje iniciático. Ann emprende, tras descubrir la infidelidad de su marido (Xavier Beauvois), una travesía que niega la memoria y busca el reinicio de la identidad, la supresión de todo vestigio de un pasado y la reedición permanente de un presente itinerante. Uno en el que los fantasmas interiores se ahogan en las aguas idílicas del Mediterráneo. Las mismas aguas que encerraban los de Anna, la de Lea Massari, en “La aventura” (Michelangelo Antonioni, 1960).

La Villa Amalia que bautiza la cinta es ese pretendido limbo en el que la identidad queda suspendida y la memoria, pese a silenciada, adquiere un carácter tumoral. Benoît Jacquot lo busca desde tempos contemplativos y marcado inconformismo narrativo, de elipsis y otros atrevimientos que, sin embargo, colisionan con un aspecto formal debido a cierto academicismo. La elección, ese punto de encuentro, hace de esta “Villa Amalia” una criatura extraña, singular y dominada por una sequedad de tono que la aproxima a lo fascinante sin entregarse del todo, que quiere ser radiográfica sin contradecir el orden etéreo, y que en última instancia sólo seduce en la superficie, sin adentrarse en los tortuosos vericuetos que anuncia y sin profundizar en las devastaciones emocionales que se suceden en el camino de Ann (la del vulnerable Georges [Jean-Hugues Anglade], principalmente, pero también la de un reaparecido padre, sólo sintetizada en un plano en el ascensor).

Gravita Isabelle Huppert como centro y alma de una película entregada a su personaje y a su raza de actriz. Ann no es la tremebunda profesora de piano de “La pianista” (Michael Haneke, 2001), ni tampoco la estoica jueza instructora de “Borrachera de poder” (Claude Chabrol, 2006), pero sí se intuye de alguna manera heredera, reminiscente de esos personajes hechos de fuerza inusitada, tormentos internos y fragilidad acallada que la actriz francesa ejecuta de forma siempre exquisita. En “Villa Amalia” son sus gestos silenciosos los que hablan de amargura a pesar de la reinvención, es su blindaje emocional el que marca el sino de los acontecimientos, y es un abrazo el único signo de flaqueza que se permitirá esa mujer en su empeño por la destrucción y renovación de su identidad.
En las imágenes: Fotogramas de “Villa Amalia” – Copyright © 2009 EuropaCorp, Rectangle Productions, Point Prod. y France 2 Cinéma. Distribuida en España por Karma Films. Todos los derechos reservados.
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